Parece que las cosas que no se planean tanto son las mejores. Por ejemplo, hace un mes estaba hablando con Jaime Jiménez, un tío de Ramón Emilio que vive en Nueva York, y nos dijo que deberíamos ir a pasarnos un fin de semana con ellos a su casa en Southampton–así, con una sola “H”, una sola palabra, aunque me dé trabajo entender eso–. El dicho las oportunidades son calvas y hay que jalarlas por los moños, así inmediatamente le cogimos la palabra, hicimos nuestra reservación con Viajes Alkasa y ahí empezó una de las tantas aventuras que les contaré en este blog.

Llegamos al JFK, donde alquilamos un carro y nos pusimos a rodar inmediatamente para este pueblo ubicado en la costa de Long Island. Conocí a Los Hamptons a través de Carrie de Sex and the City –ella ahorraba por años para poder tener su «share in the Hamptons for the summer»– y a través de Jack Nicholson cuando vio a Diane Keaton como Dios la trajo al mundo en Something’s Gotta Give.

Al llegar era ya de noche, y supuestamente a oscuras no se aprecian tanto las cosas, pero desde ahí comencé a quedarme boquiabierto: duré las 48 horas de mi estadía en Southampton maravillado por la magia de su historia que ha quedado preservada por el talento de la actualidad. Esa noche nos quedamos tomándonos unos tragos con unos amigos de los anfitriones, quienes puedo decir a todo pulmón que ya son nuestros también, por su gran hospitalidad y sencillez. Me dejaron una gran enseñanza, que me encantó y la comparto con ustedes: se puede ser fabuloso sin complicaciones; era un grupo cuyo mayor placer estaba en estar juntos y poder disfrutar de los momentos que la ciudad no les permite saborear de lunes a viernes.

El día siguiente nos despertamos en una casa preciosa, rodeada de detalles de estilo náutico, tablas de surf vintage colgadas en las paredes, un poster de Britney Spears y una vista al precioso patio, donde todo estaba rodeado de hojas –ahí me entró una locura y quise meterlas todas en las maletas, para regar hojas por doquier al llegar de vuelta a la media isla–. Ahí nos pusimos nuestros chalecos alcolchados, más imprescindibles en los Hamptons que la visa estadounidense en Migración, y recorrimos el pueblo: la mayoría de las casas mantienen su estilo original del siglo XVII, que cada residente ha ido adaptando a su gusto guardando respeto por la edificación. También hay casas contemporáneas en cristal, detrás del cual un mal día puedes ver a Madonna o Calvin Klein, entre otros pobres mortales a quienes les hacemos el favor de honrar con nuestra presencia para el almuerzo.

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Aparte de la arquitectura, de la increíble compañía y la buena vibra que sentimos ese fin de semana, nos enamoramos del carácter de sus comercios y sus espacios públicos.

Sag Harbor

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Sag Harbor es una de las localidades vecinas, donde junto a Nathalie, Alex y su bella bebé Leelo –buenos amigos de Michèle y Crystal, que también heredamos– nos dispusimos a caminar todas sus calles.  Entramos a todas y cada una de las tiendas de antigüedades, con miedo a no romper nada y descubrimos la importancia que estos lugares le dan a lo antiguo, mientras que nosotros en Santo Domingo todo lo mandamos para la basura. Aquí hay tiendas que hacen millones de dólares con muebles, adornos y cristalería que muchas de nuestras abuelas tenían y nosotros seguramente no les hacíamos nada de caso.

The Village Gourmet Cheese Shoppe

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Desde que Carlos y Michèle llegaron de Southampton solamente nos hablaban de los sandwiches maravillosos de The Village Gourmet Cheese Shoppe, diciéndonos que nos íbamos a morir cuando los probáramos. Les puedo decir que ellos se quedaron cortos. En la Shoppe venden quesos frescos y algunas otras cosas bien gourmet, y  al fondo está el lugar donde ocurre la magia: un bar de sandwiches en donde preparan todo delante de tus propios ojos.

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Durante la primera visita pedimos el Hampton, un sandwich de pavo ahumado y queso suizo bajo en grasas, condimentado con aguacate y mostaza a la miel, todo dentro de un baguette.

También pedimos el Tuscan, un ejemplar de pollo y mozzarella fresca, con tomate y tocineta, dentro de pan baguette.

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En otra visita pedimos el Italy, una ciabatta que dentro lleva prosciutto de Parma con mozzarella, lechuga, cebolla, ají morrón, aceite de oliva y vinagre balsámico.

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También probamos el USA, con un pan relleno de pavo fresco y queso suizo, con lechuga, aguacate y mayonesa a las hierbas.

Siempre que conoces un sitio nuevo te formas expectativas en la cabeza, y a veces el lugar las supera… y otras no. En este caso, el termómetro explotó no solo por el lugar, sino por la compañía: te das cuenta de que lo que une a todo ser humano, sin importar la escenografía, son los momentos donde no te importa confundir una piscina helada con el Mar caribe o preparar tacos en casa que parecen traídos por avión directamente desde La Esquina.

Desde los Hamptons

Categoría: Abul Santo Domingo
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