El señor Claus —y no Santa— fue el responsable de que Alberto Jiménez, a los nueve años, se enamorara de la cocina. «Yo quería ser baloncestista, pero me lesioné la rodilla. Me pasé el proceso de recuperación en casa de mi abuela y ahí fue donde todo empezó». Me cuenta Alberto, mientras su novia Helen y su socio Pedro escuchaban desde otra mesa… con autorización, claro.

Un domingo, doña Patria le pidió a su nieto que la ayudara a preparar un strudel de manzana para don Claus, su compañero de vida. Ella era de Baní y él de Düsseldorf. Eso es amor, porque yo le preparo dos mangos y ahí termina la historia. El niño, que prefería una pelota a un rodillo, aceptó y ayudó su abuela con el famoso dulce. «No sé que pasó en mí ese día, pero cuando vi la cara de mi abuelo al comerse la primera cucharada, descubrí la receta de la felicidad y la cocina era mi cancha».

Alberto con don Claus y doña Patria.

Alberto es de esas personas que desde que conoces te dan ganas de ser su amigo. Justo antes de la pandemia, él me contactó para que lo asesorara con su restaurante Piano, que estaba recién nacido. Ahí vino la innombrable y todo se paralizó. Varios meses después me llama y me dice que quería enviarme algunos de sus platos a la casa; Piano había vuelto. Entre esas fundas llegaron varias cosas, pero hay tres que no olvidaré: un mensaje personalizado del chef, unas papitas fritas crujientes (eso es muy difícil lograrlo en delivery) y El Callejero. Al probarlo, Maeno se convirtió en Dua Lipa y levitó.

Los chefs tienen el ego muy grande y lo alimentan diariamente, muchos no cierran sus restaurantes aunque el bolsillo se le esté desangrando.

«Una hamburguesa con pan brioche y una carne hecha a la medida: con especificaciones claras, luego de meses de prueba. Una mermelada de tomate, que muchos piensan que tiene azúcar y no es así. Es el resultado de tomates italianos San Marzanos cocinados por largas horas. Ese concentrado se lo aplicamos al pan —nunca Kétchup—, junto a la salsa dijonnaise. Luego viene la rúcula; al tener menos agua que la lechuga, su sabor amargo ayuda a cortar la grasa de la carne, la tocineta y el queso provolone, dándole frescura al paladar, y así, cuando el comensal da una segunda, tercera y cuarta mordida, es como si fuera la primera». Damas y caballeros, con ustedes, El Callejero.

Ese palillo tiene un sentido: que la hamburguesa quede compacta.
Alberto aplica el dijonnaise: mayonesa, mostaza dijon, mostaza granulada y vinagre de arroz.

Con esta obra de arte en la mesa, empecé a preguntarle a Alberto de donde algo tan sencillo a la mirada, puede ser tan extraordinario al paladar y cómo todo empezó.

Luego de esa epifanía en casa de doña Patria ¿Cómo te iniciaste en la gastronomía?
A los 10 años comencé a tomar clases de cocina en Kitchen Center.  A los 12 años ingresé en el restaurante El Vesuvio de la Tiradentes, luego pasé a Mitre y Fellini. Esas cocinas eran mis campamentos de verano. Ya adulto ingresé al Instituto Culinario de las Américas. Me gradué de Chef, con especialidad en farm to table, un movimiento social que promueve el servicio de la comida local en restaurantes a través de la adquisición directa del productor.
Mi alma máter fue el restaurante Marea —con dos estrellas Michelin— en la ciudad de Nueva York. Ahí hice mi pasantía y soy chef gracias a doña Patria y Marea. Luego tuve la oportunidad de irme a Suecia, donde trabajé en Faviken, que ya cerró. Nos enfocábamos en la conservación y fermentación de los alimentos.

Entonces, ¿cómo surgió el food truck Callejero?
El clima de Suecia me traicionó, no aguantaba el frío. A los seis meses regresé a Santo Domingo, con planes de salir huyendo a España a seguir aprendiendo, pero ahí surgió Callejero, por la necesidad de una amiga de mi mamá. Ella tenía un food truck de bebidas, pero el Estado no te permite transitar sin complementar con comida. Ahí decidí demostrar en calles locales, lo que aprendí en las avenidas del mundo.

La gente piensa que un food truck no tiene calidad. ¿Cómo lograste cambiar esta percepción?
Con calidad. El Callejero será la hamburguesa por la que me recordarán hasta después de mi muerte. Me tomó siete meses de mi vida lograrla y no defraudó.

¿Cuántos platos tenías en tu primer menú?
El Callejero, La Vagabunda, la hamburguesa del mes y dos entradas: las catibías de pollo y las salchichas.

¿Continúas con este menú?
Por la pandemia tuvimos que cerrar el food truck; ahora mismo tengo todas mis energías puestas en Piano. Los chefs tienen el ego muy grande y lo alimentan diariamente, muchos no cierran sus restaurantes aunque el bolsillo se le esté desangrando.

¿Tú no tienes ese ego, todavía?
Yo trato siempre de ser lo mas humilde posible, porque así fue como me criaron en mi casa. En lo personal, considero que no lo tengo; incluso ni me gusta hablar de mis platos, dejo que la gente sean las que hablen por sí solas.

Mis oídos escuchan, mientras mi estomago espera El Callejero

 ¿Por qué pasaste del food truck al restaurante?
Piano fue algo que surgió por una necesidad. Mi tío tuvo que recibir este local luego de tenerlo alquilado. Él fue mesero y siempre tuvo la visión de tener un restaurante propio para compartir con sus amigos. Entonces, cuando le entregaron el espacio, me llamó y me dijo: «Alberto, vamos a ponernos en esto». Piano abrió el 14 de noviembre de 2019. En marzo llegó la pandemia, pero los socios y yo decidimos echar el pleito para que este lugar no cerrara. Y aquí estamos.

El Callejero será la hamburguesa por la que me recordarán hasta después de mi muerte. Me tomó siete meses de mi vida lograrla y no defraudó.

¿Cuáles son los tres platos que tiene más salida en Piano?
La burrata de salsa verde con los hongos ostras y hojas de mostaza. La Rigatoni Piano y El Callejero.

¿Cuáles son los próximo planes para Piano?
No cancelar a más nadie, eso es lo primordial. Seguir implementando los protocolos de lugar para garantizar la salud de nuestros comensales.

¿Tres restaurantes que te gustan en Santo Domingo?
Samurai es mi restaurante favorito, todo el mundo que me conoce lo sabe; Il Bacareto es transportarme a una trattoria romana, todas sus pastas la hacen exageradamente bien, y el tercero, Nipau.

¿Disfrutas tus platos?
Yo casi no pruebo mi comida. La Vagabunda, una hamburguesa que hice para mi mamá, la vine a probar tres meses después de estar en el menú. Ella fue que me dio toda la retroalimentación en el proceso creativo. El tartare de res lo vine a probar dos meses después.

¿O sea que un buen chef puede hacer buenos platos sin probarlos?
Uno desarrolla el paladar, y como puedes ver lo he desarrollado bastante (risas). Uno ya tiene el conocimiento sobre qué combina con qué. Hay gente que no entiende, pero mis viajes los planeo alrededor de los restaurantes. Creen que voy a comer y ser feliz, pero es mucho más: voy a inspirarme, a vivir la experiencia.

Samurai es mi restaurante favorito, todo el mundo que me conoce lo sabe; Il Bacareto es transportarme a una trattoria romana, todas sus pastas la hacen exageradamente bien, y el tercero, Nipau.

¿Cómo un chef sigue aprendiendo?
Probando, innovando y pensando. El Rigatoni de Piano se creó pensando en qué ingrediente iba a combinar con qué, las experiencias de otras pastas que he probado y, al final, se trata de conectar los puntos, ser libres y ver que a la gente le gustó.

Ese plato fue exitoso, pero hay algunos otros que solo me gustan a mí y no a los comensales. Entonces, ¿por qué insistir si no gusta? Una gran lección de nuestro mercado, es que por más diferente que quiera ser a la hora de hacer un menú, hay que ofrecer las cosas tradicionales que le gusta a la gente.

Fotografías: Luis Valdez

Una hamburguesa con calle

Categoría: La Ruta Volvo
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