Abul Santo Domingo

Hace unos días les contaba que es importante poder vivir el high y el low con autenticidad, y que la gastronomía es una buena parte de eso — nadie come en restaurantes Michelín todas las semanas, porque sencillamente los momentos de la vida son variados y cada uno tiene necesidades diferentes —.

Pero como le busco la quinta pata a todo, incluyendo a las mesas de restaurantes, me pregunto: ¿Se puede vivir una experiencia gastronómica low con todo el peso emocional de una experiencia high? Yo encontré la respuesta en Barcelona, en un legendario bar de tapas llamado Quimet & Quimet.

Lo primero que deben entender es que Quimet no está en el epicentro turístico de la ciudad, sino que se encuentra en Poble Sec, un vecindario obrero cercano a las faldas del Montjuïc. Lo segundo es que ese lugar fue fundado y está funcionando desde 1914, y por lo tanto ha tenido más de 100 años para perfeccionar sus recetas y su sistema de servicio… y que también la voz se corra sobre la calidad de ambos. Ese siglo no ha pasado en vano.

El Quimet original era un Joaquim perteneciente al árbol genealógico directo de los propietarios actuales. El bar sigue siendo, sorprendentemente, un negocio familiar. Es, como la Puerta de Alcalá, un lugar donde conviven pasado y presente — y ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo, la puerta del Quimet —. Hay gente que tiene décadas pidiendo su pan con tomate por las tardes, pero también hay nuevos habitués, como yo, que son recibidos con el mismo cariño. De hecho, oigan esto: fui por primera vez en 2018 por una recomendación de mi cuñada Michèle Jiménez Vicens. El joven que nos atendió se dio cuenta de que yo no tenía idea del contenido del menú, sino que veía platos salir y le indicaba que quería uno igual. Cuando volví un año después, el mismo joven me dio la bienvenida, y me dijo que me recordaba perfectamente, porque era el tipo que comía con los ojos. ¡Eso es tener conciencia de servicio!

Ahora, ¿por qué veía los platos salir con tanta facilidad? Porque no es un lugar con mesas separadas ni un orden establecido, sino que la gente está de pie y va pidiendo platos aparentemente a lo loco a un encargado en la barra, mientras él va anotando todo en una listita de papel. Esta dinámica funciona porque es un espacio pequeño donde caben apenas unas 20 personas. Al final, las servilletas se tiran al piso y se comienza el proceso de nuevo, según lo que dicte el estómago.

Yo en esa algarabía salí encantado con una tapa de anchoas con queso, con el taco de atún con piquillos, con tres servicios de ventresca, con los boquerones en vinagre. Todo eso bajaba con unas cañitas, de una cerveza de producción propia que tienen en el bar — por cierto, el bar comenzó porque el Joaquim original necesitaba un lugar para comercializar el vino que hacía, y en ese entonces las tapas y los montaditos fueron un vehículo para vender alcohol, en vez de ser a la inversa —. Ese bar me enseñó a salir de mi zona de confort culinaria, con ingredientes que no me había atrevido a probar aún, y a apreciar la belleza de un espacio gastronómico con humildad en el ambiente pero orgullo en los ingredientes. Por eso, durante mi visita este año a Barcelona, volví expresamente a Poble Sec para visitar el bar.

Esta experiencia me hizo pensar en otra cosa: hace unos meses en Maeno&Co trabajamos por primera vez con Mastercard para un evento de su plataforma priceless — esa que dice que hay cosas intangibles cuyo valor supera su precio —. Ahora, pensando en la razón por la cual estas visitas a Quimet & Quimet me han impactado mucho más que haber estado en restaurantes galardonados, me vino a la mente ese mensaje. Yo poco a poco estoy a prendiendo a distinguir entre valor y precio. Sé que el dinero puede comprar cosas con valor, pero muchas cosas con valor no necesariamente se compran con dinero. Comer así de bien, rodeado de un sistema forjado a base de la experiencia que dan 105 años de operación en un ambiente donde uno se siente apreciado… bueno, de verdad que no tiene precio.

Me desperté así

Tenía cinco años con mi vehículo, un todoterreno Volvo XC60, y sentía que ya era hora de hacer un cambio. Miren: yo fui a seis dealers locales buscando un modelo de todoterreno mediana que tuviera todo lo que yo buscaba… y no encontré nada que cumpliera con todos mis requisitos locos.

Y ahí fue que, en un ataque de pero-vamos-a-ver, pasé por el showroom de Volvo. El Cupido de las ruedas hizo su trabajo: fue un tema de amor a primera vista con la versión 2020 de la XC60 en su versión full.

¿Por qué renové mis votos con Volvo? Para explicarles responsablemente: la marca, a través de su distribuidor local, es cliente de mi agencia de comunicaciones. Sin embargo, yo compré aquel primer Volvo cuando MARTÍ todavía no era parte del portafolio de Maeno&Co, y ya en esta segunda ocasión tenía toda la libertad, independientemente de ese vínculo comercial, de buscar una marca que se ajustara a mis necesidades actuales. Yo soy partidario de siempre probar cosas distintas, porque uno no sabe dónde se puede encontrar con un nuevo favorito. Y sin embargo, ningún vehículo disponible en el mercado local superó la increíble propuesta del nuevo XC60. Yo de verdad siento que, en materia de exquisitez de diseño y de pensar en la naturaleza humana, nadie se esfuerza tanto como esos suecos. Por un tema cultural, ellos creen en la democratización del bueno diseño, y en esta marca insignia eso es más que notable.

¿A quién más se le ocurre tener un espacio dedicado para las etiquetas de valet parking, sabiendo que todos vivimos en la Luna y se nos viven perdiendo? ¿A quién más se le ocurre crear una lanilla especial para limpiar con eficacia el panel de navegación, con instrucciones incluidas directamente sobre la tela para que queden a prueba de despistados? También es increíble ver cómo el vehículo me protege de mí mismo: me echa boches si cambio de carril sin poner la direccional y me notifica cuando hay puntos ciegos al dar reversa. Encima de eso viene con el sistema de audio más hecho-para-humanos que he presenciado en mi vida: es un equipo Bowers & Wilkins que ofrece sonido envolvente, pero que milagrosamente altera las leyes de la física para ofrecer huecos sonoros muy necesarios. ¿A qué me refiero? A que aun con la música alta el conductor y el pasajero pueden escucharse perfectamente al conversar, sin necesidad de subir la voz. Es casi como magia.

A mis cuatro años, me sentía abrazado y protegido por el carro Volvo de mis padres. Hoy, ya de adulto, me pasa lo mismo.

Yo digo que cada quién debe hacer un auto-análisis para reconocer lo que lo hace feliz y vivir buscando esas cosas. En mi caso, a mí me llena el poder estar rodeado de un alto nivel de diseño, tanto a nivel de experiencia de usuario como a nivel estético. Este vehículo ofrece mucho en ambas categorías: primero, uno se siente entendido ahí dentro, porque esos genios de Gotemburgo se pusieron a calcular y anticipar cada movimiento que uno hace al conducir. Segundo, no se imaginan la belleza del tono del color de piel del interior y el contraste que hace con los grises de dentro y de fuera. ¿Y la bellísima madera del tablero? Viene de árboles rescatados de las costas escandinavas —no talados, por temas de sostenibilidad—. Yo siento que estoy dentro de una obra de arte altamente funcional, y que aparte me ayuda a mantenerme calmado y contento dentro de la agitada realidad de las calles dominicanas. Pocas marcas de automóvil pueden hablar de un diseño tan humanamente agradable como la Volvo.

Pero, es más, vámonos aun más lejos: yo tengo un vínculo emocional muy grande con la marca. A los cuatro años a mi papá, como parte de su carrera diplomática, lo asignaron a Argentina. El vehículo que teníamos allá era un Volvo 940 Turbo, y todavía hoy recuerdo nuestros viajes por carretera hacia Chile, Paraguay y el interior del país. Yo era un chin de gente, y me sentía feliz en el asiento trasero, a pesar de todos los hoyos que había en el camino a Chile. Me sentía abrazado y protegido por el carro. Nosotros nos enamoramos tanto de ese carro que, al retornar a República Dominicana, vino en la mudanza. Hoy ya de adulto, en una situación totalmente diferente y casi con seis pies de altura, sigo sintiéndome abrazado y protegido por mi Volvo.

Fotos: Nelson Michel

Maenadas

¿Por qué ustedes creen que doña Anna Wintour logró echar raíces en esa silla, con su pajecito tan inamovible como ella? Habrán miles de teorías sobre los meneos internos de Condé Nast, pero hay algo que es parte de la historia de la moda y fue muy visible para todos los que estamos fuera de esa oficina: su primera portada como editora en jefe de Vogue, la de noviembre de 1988, con una modelo en una chaqueta de Christian Lacroix y jeans de Guess. En un momento en donde las revistas de moda favorecían el look total, con piezas de diseñador de pies a cabeza, la Wintour le dio voz a la escuela de pensamiento que dice que el real estilo está en poder combinar lo masivo con lo exclusivo — el high y el low —. Pero para mí lo más lindo del caso es que, aunque haya sido un momento editorial clave, eso fue un reflejo de lo que ya la sociedad hacía orgánicamente: todos, a distintos niveles, vivimos el high and low en distintas categorías de compra, más allá de la ropa.

Les voy a poner un ejemplo cercanísimo: yo amo la pizza de Il Caminetto. No hay nada mejor que ir a sentarse allá de noche para ver cómo Francesco hace magia con queso y masa, y saborear ese pedacito de gloria italiana en Santo Domingo. Esas pizzas son de una calidad altísima y de manufactura francescana — dígase, todas pasan por las manos de Francesco —, con ingredientes por la raya, y el precio va acorde. Y ahora les voy a decir otra cosa: yo amo las pizzas de Pizzarelli. No hay mejor combinación que un domingo lluvioso, un clavo de Netflix y una Picolizza Sorrentina. Imagínense que un influenciador digital tenga esas mismas preferencias, y que por supuestamente planchar su imagen o cuidar sus contratos solo promueva una de esas dos facetas de su vida. No debería ser así. Yo creo que nos conviene a todos, tanto a los influenciadores como a las marcas como a los seguidores, que cada persona pueda compartir la diversidad de sus preferencias en cada categoría. Cada rango de precio tiene su ganador absoluto, y en el caso de Il Caminetto y Pizzarelli, para mí cada uno de ellos es el mejor en su división. Es como quien bebe Zacapa Royal para celebrar ocasiones especiales pero también aprecia la calidad de un Brugal Añejo como opción más cotidiana — dígase, yo —. Ambas opciones son buenas dentro de su rango. ¿Por qué no tener ese tipo de sinceridad y transparencia con todas las categorías?

¿Considerarían los gerentes de marca contratar influenciadores no con exclusividad de categoría, sino con exclusividad de momento?

Por eso, voy a hacer una sugerencia loca: ¿Considerarían los gerentes de marca contratar influenciadores no con exclusividad de categoría, sino con exclusividad de momento? Yo no le creo a nadie que use una sola marca de zapatos, pero sí le creo que use un súper par de tenis para ejercitarse, unos tacos elegantísimos para las salidas nocturnas y unas sandalias planas para hacer diligencias. Solamente ahí hay tres posibles contratos con marcas que no competirían, y que brindarían una historia mucho más realista, porque un influenciador no es un medio de papel o de pantalla, sino una persona con una vida real. Lo importante es diferenciar los momentos.

Para los influenciadores, esto ampliaría su portafolio de posibles clientes. Para las marcas, esto disminuiría parcialmente los costos de los contratos, pues no se trata de una exclusividad de categoría. Para los seguidores, le permitiría ver la humanidad y las miles de facetas reales, más creíbles y orgánicas de las personas a quienes siguen. Y para nosotras las agencias, nos permite ofrecer a los clientes y a los influenciadores paquetes que produzcan un contenido mucho más detallado. Eso me parece mucho más honesto y provechoso para todas las partes involucradas.

Maenadas

Seguramente han escuchado de casos de personas con varias viviendas, tanto en República Dominicana como el extranjero… pero que al final no cuentan con los fondos que se necesitan para poder vivirlas. Digamos que hay personas con 10 pesos en la mano que compran una casa de nueve. Hasta ahí, en teoría, se supone que el asunto es manejable. El problema es que pagar el mantenimiento y los servicios que cuesta tener la vivienda en pie y funcionando, para así poder vivir en ella o visitarla frecuentemente — en caso de que se trate de una segunda residencia — cuesta tres pesos. ¿Y saben qué termina pasando? Que esos propietarios no llegan a disfrutar esa compra, porque estiraron la gomita demasiado, hasta romperla.

Yo he aprendido, a veces a la mala, que ese tipo de gimnasia mental que tanto daño nos hace se llama tener lujo pero no vivir lujo. Nuestra sociedad se enfoca a tal punto en la riqueza tangible que muchos de nosotros nos esforzamos por tener siempre a mano una demostración física y visible de nuestro valor neto. Algunas personas llevan esa demostración en el clóset; otras en la marquesina y otras en un portafolio de bienes raíces.

Ese tipo de gimnasia mental que tanto daño nos hace se llama tener lujo pero no vivir lujo

Pues déjenme explicarles algo. ¿El clóset? He conocido personas que gastan tanto en el vestido y los zapatos que después el dinero no les da para pagar la cuenta del restaurante donde quieren ir a lucirlos. ¿La marquesina? No soy yo el único que conoce gente con un vehículo de lujo parqueado debajo pero que entonces deben seis meses del mantenimiento del apartamento. ¿El portafolio de bienes raíces? ¿Cuántos no se llenan la boca diciendo que tienen un apartamento en Miami, pero dejan de ir porque calculan que después de pagar mantenimiento y el préstamo hipotecario, no les da para pagar el pasaje aéreo y alquilar un vehículo?

En el caso del apartamento en Miami, que es el único de esos tres bienes que gana valor en vez de depreciarse, eso está perfecto si es una inversión. Está también el caso de las personas que quieren disfrutar de ese bien, pero no tienen el tiempo porque deben matarse trabajando para pagarlo. Si la idea es comprar algo para vivirlo, entonces es importante hacer los cálculos bien. Yo les aseguro que la persona que tiene un apartamento en Miami solo para llenarse la boca tendría una mejor experiencia si divide esos gastos entre 12 y se paga un hotel fabuloso en cada viaje.

Pero miren: yo jamás criticaría el darse lujos. La vida es corta y esos pequeños placeres valen mucho. El lujo nos trae una satisfacción sensorial y emocional, casi como una sonrisa en el cuerpo entero, que explica por qué la industria tiene tanto éxito. Pero creo que en vez de querer darnos lujos plenos sin poder pagarlos, hay que saber dosificarlos. En el New York Times leí una pieza sobre gente que tiene sus no-negociables cuando viaja, pero entonces raciona por otro lado. Por ejemplo, algunos sí o sí quieren alojarse en un hotel boutique con buen diseño y buen servicio, pero entonces ahorran en la comida, mientras otros hacen todo lo contrario — ahorran en el hotel para hacer sus reservaciones en su lista dorada de restaurantes de autor —.

Cuando era más joven, yo era parte del club del desboque — solo tienen que preguntarme por la vez que decidí tener la oficina de Maeno&Co en una torre carísima, solo porque pensaba que ahí era que tenía que estar para que me vieran —. Ahora que he entrado a la treintena, yo he aprendido que mi valor no va ligado al metraje cuadrado que ocupa mi sombra financiera. Yo soñaba toda la vida con tener un apartamento con vista a un parque, para poder respirar tranquilidad y correr por las mañanas. Mi pareja y yo logramos cumplir ese sueño recientemente, y decidimos hacer una remodelación por pasos. Nuestra meta era no dejar de viajar los veranos ni dejar de salir a cenar los miércoles porque lo habíamos gastado todo en un sofá o un cuadro. Nuestra meta era ir amueblando y decorando poco a poco, de modo que pudiéramos vivir la vida tanto fuera como dentro del apartamento. Y así ha sido: nuestro apartamento todavía no está “terminado”, pero para mí es la vivienda más linda del mundo, porque me recuerda que la tranquilidad se encuentra en la capacidad de dosificar.

Por eso, a todos nos convendría trabajar en nuestra autoconfianza. Creo que debemos de dejar de tener para enseñar… y en vez de eso, vivir para enseñarnos a nosotros mismos.

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¿Quién me mandó a meterme en esto?

Duré unos días para publicar esta entrada porque, increíblemente, mi cabeza seguía en las nubes durante un buen tiempo, a base de pura adrenalina, alivio y alegría. Después de tantos meses de planificación, de inventarnos locuras y de luchar para ejecutarlas, el día de INSPIRA llegó. Y miren: nosotros en Maeno&Co pudimos haber hecho una fiesta con un esquema tradicional para celebrar el décimo aniversario de la agencia… pero quienes nos conocen y han trabajado con nosotros saben que eso va totalmente en contra de nuestro ADN. Y les digo con el corazón lleno: yo pensaba que sabía, pero en realidad no me imaginaba cuánto iba a valer la pena ese esfuerzo.

Miren: no solo fue la realización del evento en sí, con un concepto de pasarela y distribución retador, sino también la proyección de un documental de 35 minutos y la presentación de la visión futura de Maeno&Co. Con orgullo hoy puedo decir que nosotros tomamos lo que por su gran complejidad pudo ser un arroz con mango y en vez de eso lo convertimos en un excelente poké.

Seguramente ya vieron la cobertura del evento en los Highlights de Maeno&Co o en los Stories que crecían silvestres el lunes pasado. Quizás habrán visto que hicimos que nuestros invitados — clientes, talentos, miembros de la prensa, socios comerciales y compañeros profesionales — entraran por el backstage, tras bambalinas, para comunicarles que ellos también eran parte de nuestro equipo. Pero aquí en el blog quiero darles el backstage del backstage: todo lo que sucedió para que todo eso sucediera — y lo que me pasó por la mente al terminar todo —.

[+] ¿Por qué entrar por la puerta trasera?

La relación entre una agencia y sus clientes no es algo a blanco y negro. Fíjense, por ejemplo, que en muchas ceremonias de premios de publicidad existe el galardón al Mejor Cliente. Eso se debe al importantísimo rol que tiene cada gerente de mercadeo y a veces CEO de brindar la información correcta a la agencia y, muchas veces, tener la intuición y la generosidad de atreverse con las propuestas que ofrece el equipo creativo. Por eso yo digo que si hoy Maeno&Co es reconocida por su trayectoria creativa e innovadora se ha debido en gran parte a los clientes que confiaron en nosotros y se convirtieron en nuestros socios cercanos.

Por eso me dije: ellos siempre han estado tras bambalinas con nosotros. Es hora de hacer que ese backstage reciba la luz que se merece. Por eso bloqueamos la entrada regular del Salón La Fiesta del Hotel Jaragua. A nuestro gerente creativo, Wilson Chiang, se le ocurrió hacer cintas de escena de crimen que decían algo como “Aquí yace tu zona de confort; lo que inspira está para allá” y con unas flechas los dirigimos por los camerinos, cada uno etiquetado con un nombre referente al evento. Luego de atravesar la pasarela, se daban cuenta de que habían salido a la tarima en vez de a los asientos. Con eso reforzamos el mensaje de que ellos han sido parte del firmamento de la agencia.

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[+] La alfombra azul

Arriba les dije que los invitados “atravesaban la pasarela”. No fue una sencilla caminata, sino que tras pasar por la enorme escultura en forma de corazón inspirado (vía Chiang y el ilustrador Marcel Saleta) brindamos la experiencia de alfombra roja más pimpeada que hemos hecho jamás. Primero, era una alfombra azul, siguiendo la paleta oficial del evento. Contratamos 10 actores para lograr este efecto: los actores tenían auriculares escondidos y, cuando cada invitado llegaba, nuestra directora comercial Rochelle Vicente les decía el nombre de cada uno.

Imagínense ustedes estar llegando a una alfombra y de repente escuchar su nombre gritado por todas partes, como si fuesen celebridades de la lista A. Ahí entonces Raúl Cohén y Pamela Núñez les brindaban asesoría para posar correctamente, hasta retirando carteras y celulares fuera de sitio. Al colocarse en uno de los tres puntos marcados previamente para posar, un batallón de los mejores fotógrafos sociales del país los capturaba a flashazos. Y de hecho, uno de los fotógrafos tenía como brief exclusivo seguir la onda de las fotos icónicas de Studio 54, con su espontaneidad y desenfreno. ¡Hasta eso planificamos!

Mientras todo eso pasaba, un DJ tocaba música para tirar los pasitos. ¿Y qué pasó? Que de hecho, muchos tiraron los pasitos: me di cuenta de que los invitados disfrutaron tanto esa entrada que, sin importar el tipo de persona, el género o la edad, muchos iban caminando casi bailando al ritmo de la música. Muchos me dijeron que, en efecto, ese trayecto les dejó con la adrenalina a mil.

Un comentario en particular me tocó: un hombre me comentó que odiaba tirarse fotos sociales, porque se sentía incómodo. Sin embargo, esta experiencia lo hizo sentir especial, a gusto consigo mismo y protegido. Para mí, eso se resume en brindar las herramientas y el ambiente necesario para inspirar a nuestros invitados a sacar su yo real.



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[+] La Siri inspirada

Una vez los invitados tomaron sus asientos, el evento comenzó con una Siri versión Maeno&Co que les explicaba de qué se trataba ese paso tras bambalinas. Ahí, la voz en off de la talentosa Leticia Pelliccione les decía que el backstage es para las estrellas, los creadores y los innovadores, y que ellos lo eran.

Y entonces llegaba el momento que más nervioso me tenía.

La visión futura de Maeno&Co afirma que en un mundo donde todos quieren influenciar, lo que debemos es inspirar

[+] El futuro de Maeno&Co

No me pregunten si me acuerdo cómo me fue en mi presentación. Yo solo sé que ensayé mi discurso mil veces, tanto que ni necesitaba el teleprompter — aunque ciertamente es muy necesario tenerlo de apoyo —. Sé que se me acercaron varias personas para decirme que fue uno de los discursos más completos y emocionantes que habían escuchado, y que en ningún momento la mente se les distrajo. Sé que nuestro diseñador gráfico George Quiroz estuvo diseñando transiciones tipográficas y descargando vídeos por siglos, pero que eso resultó en una de las presentaciones más visualmente dinámicas que hemos hecho jamás. Y sé que, cuando cerré con la visión futura de Maeno&Co, que decía que en un mundo donde todos quieren influenciar, lo que debemos es inspirar… eso se fue abajo.


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[+] El documental

El concepto de INSPIRA nació hace casi un año, cuando el Grupo Universal se nos acercó para realizar un evento en celebración de su 55 aniversario. Pero no era cualquier evento: era una monstruosidad que llevaba una producción artística con una canción original y hasta la participación de Juan Luis Guerra, con la transformación del Teatro Nacional y sus terrenos, así como la presencia de la cúpula empresarial dominicana.

Ahí se me ocurrió que esa producción podría mostrar los conocimientos y la capacidad de ejecución del equipo de Maeno&Co, y que debíamos documentarlo de alguna forma. En el país no hay programas de estudio dedicados exclusivamente a la conceptualización y producción de eventos, sino que todos los que hacemos esto lo aprendimos pragmáticamente. Por eso me dije: me encantaría dejar este legado a los jóvenes que están comenzando hoy y que desean aprender cómo se hace esto.

Son precisamente esos detalles los que hacen que los eventos fluyan bien, y son trucos que hemos descubierto con la experiencia de tantos años

Lo que no esperaba es que, tras proyectar el documental, tantos profesionales de áreas que nada tienen que ver con eventos se me acercaran para decirme que no se imaginaban el gran esfuerzo que conllevaba, pero que gracias a la claridad del filme pudieron entenderlo todo. Por ejemplo, uno de los momentos que causó gran sorpresa fue la escena donde entre el equipo creativo y de producción discutíamos el tamaño de la invitación al evento. Nuestra experiencia nos ha enseñado que, para que las fotos sociales queden bien, las invitaciones no deben ser más grandes que la cartera tipo sobre que usan las mujeres de noche y que debe caber en la solapa de la chaqueta del traje de los hombres. Mucha gente no se imaginaba que ese detalle debe ser tomado en cuenta, pero son precisamente esos detalles los que hacen que los eventos fluyan bien, y son trucos que hemos descubierto con la experiencia de tantos años.

El lanzamiento del documental fue durante el evento, pero tendrá una segunda vida. Nuestra meta, como les decíamos, es que este recuento sirva como una herramienta de aprendizaje. Por eso en 2020 haremos una ruta por universidades y conferencias para que esto llegue a todos los que están comenzando ahora — y claro, también para llegar a gente que se identifique con nuestra forma de trabajar y en un futuro quiera formar parte del equipo o de la lista de clientes de Maeno&Co —.

[+] Lo que aprendí

Al finalizar la proyección del documental, antes de dar pie a la música en vivo cerramos con una lista de agradecimientos a todos los que habían hecho posible lo que habíamos vivido juntos. Ahí estaban el talentosísimo y dedicadísimo equipo Maeno&Co, a los clientes del Grupo Universal, a Garuda Films, a Tuto Guerrero y su equipo, a nuestros entregadísimos aliados de La Nave Post Lab, a Kristian Estrada de TouchMe Marketing, a Carlos Mena, a Andrés Lugo, al arquitecto Eduardo De Castro, a Nolberto Paez, a Narciso Isa, a Salvador Espinal y a decenas de personas que contribuyeron a llevar este proyecto imposible a cabo.

Pero ya con la tranquilidad que da la distancia, puedo decir que a una semana de haberse celebrado INSPIRA me quedan, aparte de la satisfacción profesional, tres grandes aprendizajes.

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El primero es que estamos tan acostumbrados a ver solo los productos terminados que pensamos que a nadie le interesa el proceso. Sin embargo, la respuesta que tuvo el documental y la demanda de transparencia que hay en redes sociales me ha confirmado que los que vivimos el backstage también tenemos historias interesantes que contar. ¿Y qué aprendí? En buen dominicano, que cada quien tiene el derecho y el deber de cacarear su vaina. Mucha gente cree que lo que hace, por ser algo que se queda detrás de cámaras, no es lo suficientemente atractivo como para mostrarlo. Yo con esta experiencia comprobé que la gente está ávida de este tipo de contenido revelador, y que es importante enseñarlo.

El segundo ha marcado un antes y un después en mí. Miren, cada quien tiene una imagen propia que es muchas veces muy diferente a lo que ven los demás. Pues yo me vi. Me vi en cámara cometiendo errores emocionales, me vi perdiendo los estribos, me vi irrespetando el tiempo y la atención de algunas personas. Cuando vi la primera edición del documental, lloré y comencé a gritar que quería cancelarlo todo — sí, yo a veces vivo a niveles de drama versión telenovela —. Pero lo internalicé y lo analicé, y tomé ese pietaje como un golpe necesario que me ha enseñado a ser más paciente, más humilde y más respetuoso. Fue terapéutico. Entendí la importancia de estar presente para mí y para los demás.

El tercero es algo que, increíblemente, me tocó vivir en carne propia para entender. Durante mucho tiempo yo como productor de eventos me enfocaba en que la celebración tuviera una buena traducción en los medios, con fotos para la prensa social o vídeos para cobertura en redes sociales. Muchos clientes se notaban ansiosos durante la confirmación de asistencia, tratando de que estuvieran en el evento la mayor cantidad de personas posibles. Yo lo veía como nervios de la víspera, pero ahora entiendo por qué lo hacen: porque una fiesta no la hace un montaje. Una fiesta la hace la gente. La energía que se vivió en ese salón era algo de otro mundo, descomunal, con tanta emoción positiva junta. Yo sentí el cariño y el aprecio de tanta gente que decidió apoyarnos con su asistencia y con su retroalimentación.

Hoy me siento, en pocas palabras, todavía más inspirado.

Fotos: Carlos Olivero y Raúl Peralta

Maenadas

Ver Rocketman, la película basada en la vida de Elton John, fue una epifanía profesional: en la medida de lo posible, Elton John colaboró con la película y se puso alante con todos sus tropezones. Desde una infancia psicológicamente difícil hasta los efectos de una relación tóxica y su lucha con las drogas, el alcohol y su propio autoestima, él decidió contar su versión relativamente oficial, para que no la siga manipulando alguien más. De hecho, él dijo en una entrevista a The Guardian que los productores querían que él le bajara algo, pero Elton John se negó, porque quería poder mostrar con tranquilidad tanto lo bueno como lo malo. Yo terminé saliendo de la sala y respetándolo mil veces más.

¿Y por qué digo que fue una epifanía profesional? Porque muchas veces las figuras públicas, y hasta las marcas, tratan de esconder sus tropezones, pensando que si no hablan de eso entonces van a dejar de existir. Pero no es así: lo que muchas veces sucede es que alguien más se adueña de la narrativa, y como no está el protagonista para dar una versión oficial, la gente entonces toma lo que se dice en la calle como bueno y válido.

Muchas veces las figuras públicas, y hasta las marcas, tratan de esconder sus tropezones

¿Saben por qué pasa eso? Porque tenemos miedo de vernos vulnerables, pero precisamente por eso comienzan a crearse rumores. Se va inflando e inflando una burbuja de rumores que se va formando alrededor de la persona, hasta que la asfixia. ¿Cómo se evita eso? Explotando la burbuja con la capacidad de adueñarse de quien uno es o de cualquier error cometido.

Por eso me dio tanto gusto ver lo que pasó recientemente con Casa Cuesta y su Midnight Sale. A mediados de septiembre ellos iban a ofrecer descuentos sustanciosos a través de su tienda en línea. Como ellos tienen la reputación de no relajar con los descuentos, la gente estaba deseosísima de entrar y arrasar con el inventario. Lamentablemente, entro tanta gente a la página que se cayó, y muchos no pudieron comprar. La experiencia me dice que muchas empresas dejarían eso así, haciéndose los caprinos desquiciados. Casa Cuesta, sin embargo, dio una lección de humildad (y de relaciones públicas): al otro día publicaron en su cuenta de Instagram un mea culpa, con el título “FALLAMOS”, así bien grande. No solo reconocieron su error rápidamente, sino que hicieron (y cumplieron) la promesa de ofrecer un Plan B a todo el que no pudo comprar ese día. ¿Cómo respondió la gente? Miren una selección de comentarios en la entrada:

¿Moraleja? Cada uno de nosotros, tanto personas como empresas, tiene una responsabilidad consigo mismo. Sin embargo, para ser responsable con uno mismo hay que ser honesto con el otro. Cualquiera comete un error, pero pocos salen de esa turbulencia mejores personas (y mejores marcas). Para ser de los que triunfan, hay que decir su vaina, adueñarse de ella, explotar la burbuja cuando está chiquita y seguir hacia adelante.